domingo, 29 de diciembre de 2019

Maradona, Nisman, Cristina y la cultura dominante

Clarín



28/12/2019


Maradona, Nisman, Cristina y la cultura dominante

El ex futbolista regresó a la Rosada a exhibir su militancia oficialista. Al mismo tiempo, la ministra de Seguridad asume como “Casa Tomada” a la Justicia.




Diego Maradona en el balcón de la Rosada
con la réplica de la copa de México 86.
Foto: AP



  Miguel Wiñazki
                                   La columna de los sábados



Las personas, como explicó el antropólogo Ernst Cassirer, a quien debe haber leído la ministra Sabina Frederic, somos “animales simbólicos”. Una sociedad se comprende desde los símbolos que produce.

Maradona en el balcón de la Casa Rosada es un símbolo. Es una alegoría viviente con pregnancia popular que arraiga en la cultura política y en el vértigo emocional masivo. Su protagonismo iconográfico no es entonces un hecho irrelevante. Por el contrario, es un espejo descarnado del poder que impera. Los símbolos configuran mentalidades y sistemas morales. En este caso exoneran y exaltan a la trampa de la mano de Dios.

Embebido en un saco azul cobalto, Maradona extendió los brazos con los dos dedos en V desde la preeminencia de ese palco abierto, de ese imán de tantas idolatrías y también de tantos rechazos. Agitaba con una sonrisa total su brazo derecho mientras tiraba besitos a los aclamadores que lo vivaban desde abajo. Él respondía señalando con el puño su corazón. Profetizaba que “no vuelven más” encorsetado en sus bermudas, y así, victorioso, ampuloso, gestual y desafiante exhibía su militancia oficialista. Él, tan solidario con Fidel, con el Che tatuado en su sangre, con Carlos Menem, con Domingo Cavallo, con Cristina y con Néstor, con Nicolás Maduro el implacable déspota de Caracas, y con Evo Morales, que poco después que Maradona también llegó a la Plaza de Mayo junto a Hebe Bonafini. Así recrearon el prepotente eje bolivariano, Diego, Evo y Hebe, hermanos de la Patria Grande que se sostiene en Cuba, en la sangrienta y tan violenta Nicaragua de Daniel Ortega, y en la eternidad tortuosa de Venezuela que no se libera de la narcodictadura.

Todo se alinea con la revisión postulada de la muerte de Alberto Nisman, suicidado según la visión oficial regimental, y asesinado según la pericia de Gendarmería ahora impugnada. Una fuerza que también será revisitada por su actuación previa a la muerte de Santiago Maldonado, convertido en signo y símbolo del altar del kirchnerismo resistente y recurrente en su pasión política por el revisionismo ideológico de la historia reciente.

La ministra de Seguridad asumió con sus dichos que la justicia es 
“Casa Tomada” por el Ejecutivo, y requirió la corrección de lo actuado, así como Cristina Kirchner buscaría rediseñar al Consejo de la Magistratura para librarse de toda culpa y cargo, manipulando lo que en democracia no debiera ser tutelado.

La vicepresidente (el genérico neutro vale) será liberada de toda culpa y cargo, y eso parece inevitable.


La premura de la exculpación es inversamente proporcional a la demora de la resolución de las causas de miles de presos comunes que no han tenido el beneficio de los fueros y de los privilegios de la alta política.

Termina el año. Comienza otra década, pero el sistema de inmunidades que protege a cierta ralea poderosa permanece incólume y feudal.

Toda la mitología K victoriosa otra vez y rediviva va encendiendo uno a uno los símbolos sedientos de la adhesión popular, tan necesarios para imponer en simultáneo la austeridad extractiva de los bolsillos de los laboriosos, que para algunos; los mercados globales, es una señal de responsabilidad de los deudores, y que para otros es un “austericidio” en marcha y descaradamente injusto. Los que trabajan y siempre pagan la factura del bolsillo suelto del Estado que reparte lo que no produce, no estarían vislumbrando la felicidad tan prometida.

El juego azuzado de los símbolos es un vector instituyente de conductas masivas, es una pedagogía imperial que busca configurar la mirada colectiva sobre los temas esenciales.

La simbología dominante es siempre pergeñada por la clase política dominante.

Es así desde siempre: el clan que impera deshilvana el montaje narrativo del clan que lo precedió en el poder.

Se difunden otras músicas, otras danzas y otras palabras.

Cambia y se invierte la visión de la vida y de la muerte; de Nisman, de Santiago Maldonado, de las víctimas del atentado a la AMIA, de los muertos de Once y de los caídos por la inseguridad.

Se imparten otros hechizos.

Se distribuyen dosis de anestesia, de solidaridades retóricas, de entusiasmos de balcón y de sermones de la montaña augurales con bienaventuranzas dedicadas a los marginados.

Alberto asume el control de las cuentas públicas.

Cristina maneja el espíritu de la cultura.

Y es la cultura, la profundidad preponderante.

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