Miércoles 06 de noviembre de 2013
Por Roberto Cachanosky | LA NACION
Si repasamos las crisis económicas de los últimos 30 años que
hemos padecido los argentinos, la cruda realidad es que, por el momento, no
aprendimos demasiado. Siempre terminamos cometiendo los mismos errores y
adoptando las mismas medidas que llevan a nuevas crisis.
A decir verdad no fue Celestino Rodrigo el que armó el
problema, sino que lo heredó
Martínez de Hoz tampoco hizo grandes reformas estructurales. Las privatizaciones fueron menores y marginales, no logró contener la inflación y terminó utilizando el tipo de cambio como ancla para intentar frenar el aumento de precios. Surgió así la famosa tablita cambiaria que establecía el valor del dólar hacia el futuro, día por día, con una tasa de devaluación que iba disminuyendo. Sin embargo, el déficit fiscal continuó y para financiarlo hizo una combinación de letras del tesoro, deuda externa y emisión monetaria. Lo cierto es que la famosa tablita cambiaria llevó a una caída del tipo de cambio real porque el aumento del tipo de cambio nominal era siempre menor que la tasa de inflación (cualquier parecido con la actualidad podría ser pura coincidencia).
En febrero de 1981, Lorenzo Sigaut le pide a Martínez de Hoz una devaluación del 10% antes de asumir como ministro de Economía, de manera que el último mes de la tablita cambiaria de Martínez de Hoz fue en enero de 1981. Luego vino Sigaut. Hizo otra devaluación, luego otra y terminó el año con un aumento del tipo de cambio cercano al 300%. Nuevamente no hubo reformas estructurales, solo cambio de precios relativos.
A Sigaut lo reemplazó Roberto Alemann que intentó un proceso de desregulaciones y privatizaciones pero la guerra de Malvinas y la crisis posterior echó todo por la borda y solo quedó administrar la crisis antes de la salida apurada de los militares del poder.
El plan austral duró dos años y luego vinieron diferentes
versiones del mismo plan que solo corregían marginalmente las distorsiones de
precios relativos
Carlos Menem no enfiló bien de entrada con el plan Bunge y Born. Otro intento de solo cambiar de precios relativos que terminó con Erman González aplicando el plan Bonex en diciembre de 1989. Aguantaron un año y nueva crisis en diciembre de 1990. En enero asume Domingo Cavallo y en marzo de 1991 lanza la convertibilidad.
En ese período sí hubo reformas estructurales, pero se acabaron en 1994 cuando Menem empezó a buscar su re reelección, el gasto público se disparó y el financiamiento del déficit fiscal se hizo con endeudamiento externo, generando los famosos déficits gemelos. Déficit fiscal y déficit de cuenta corriente.
Fernando de la Rúa largó mal porque empezó con un impuestazo para equilibrar las cuentas públicas. José Luis Machinea empezó por el lado de los ingresos en vez de corregir el gasto y aguantó dos años hasta que llegó Ricardo López Murphy. Su propuesta de bajar el gasto público en U$S 3000 millones tuvo como respuesta que todos le saltaran a la yugular, así que tuvo que darle paso a Cavallo, que primero no quiso bajar el gasto y luego tuvo que recurrir al déficit fiscal cero.
Saltando el corralito, el problema del gasto público lo resolvió Eduardo Duhalde de la peor manera. Con una llamarada inflacionaria y cambiaria que se tradujo en un ajuste sustancialmente más brutal que el que le achacaban a López Murphy cuando propuso la baja de U$S 3000 millones.
Seguimos pensando que retocando un poco el tipo de
cambio, las tarifas de los servicios públicos y alguna que otra variable
mágicamente las cosas se van a solucionar
El gran interrogante que tenemos por delante es si, ante la fenomenal distorsión de precios relativos que se ha producido en los últimos 10 años, se recurrirá a las reformas estructurales o a la tradicional receta de devaluar y con una llamarada inflacionaria licuar el gasto en términos reales para empezar de nuevo el juego populista y evitar las reformas estructurales que hoy suenan a mala palabra.
Desde 1983 venimos votando. La realidad es que poco aprendimos en estos 30 años del valor de las instituciones y de un gobierno subordinado a la ley. Pero tampoco aprendimos nada en materia económica.
La incógnita que queda por delante es si el oficialismo aguanta con esta distorsión de precios relativos y sangría de reservas hasta 2015 y le deja el campo minado a otro, o si opta por anticipar el legado económico. En síntesis, todo se limita a ver quién se anima a desarmar el campo minado y si lo hace bien o con la misma receta de los últimos 40 años.

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