La semana pasada se cumplieron treinta años de la vuelta de la
democracia. En verdad, parafraseando al tango podríamos decir que
treinta años no es nada en la vida de la República pero en la de
cualquier ciudadano es un lapso de tiempo grande. No obstante, son pocos
lo que no tengan bien en claro en sus memorias a las multitudes que en
la 9 de Julio cantaban “siga, siga el baile…” o quemaban ataúdes.
Pero tengamos cuidado con nuestra memoria colectiva que siendo tan
convenientemente selectiva nos empuja a la mentira o a la falsificación
histórica porque -a fuer de ser un aguafiestas- quiero recordarles a
propios y ajenos que la alegría que emanaba de esas muchedumbres era la
misma con que siete años atrás habían festejado, a nivel de orgasmo
nacional, que los militares en el tercer día del otoño de 1976 habían
escuchado los pedidos desesperados de esa misma sociedad y por fin iban a
poner orden en un País desvencijado por ignorantes, estúpidos y
chorros.
Era claro que esas turbas embriagadas de ardores democráticos habían olvidado los tiempos en que pedían patíbulos para los terroristas en todas las plazas de la República y recitaban como letanía laica el “por algo será”, oración rante que justificaba todas sus cobardías y agachadas. Pero también habían olvidado- la negación del dolor y del miedo es parte de la naturaleza humana- las bombas, los asesinatos, las sirenas que ululaban en las noches de la Argentina y su propio espanto que los llevó, colectivamente, a pedirle, casi de rodillas a una cúpula militar- hombres confundidos en el momento y lugar incorrecto- a actuar de una manera más que boba cuando en verdad deberían haber dejado que esa sociedad civil se las arreglara como pudiera.
A pesar de ello, es imposible a treinta años de esa “efeméride” no hacer siquiera una breve semblanza de aquellos que vinieron a “manejar” los destinos de la “nueva” República en su etapa democrática. La lúcida mente de Carlos Manuel Acuña los definió con exactitud cuando decía que si sumáramos los coeficientes intelectuales de todos los presidentes argentinos desde 1983 hasta hoy, la suma de todos ellos no alcanzaría al coeficiente intelectual de un solo presidente de Uruguay, Brasil o Chile en el mismo período. Ese muestrario de incapaces e iletrados que se apoderó de la República en obscena yunta de oficialismo y oposición fue nuestra tragedia y el inicio -sumada a la inconsciente pusilanimidad de los argentinos- de todas las desgracias que después nos ha alcanzado.
Todo lo que hoy sucede ya estaba larvado en el ánimo de la dirigencia política argentina, porque, aunque nos hayamos olvidado, el “relato” no es un invento reciente de una pareja de desquiciados; el “relato”, en tanto y cuanto compendio de la deshonestidad, la cobardía y la manipulación histórica nos envolvió desde el mismo 10 de diciembre de 1983. Había mucho que tapar, había demasiada mierda en el muladar político y lo menos que debían hacer era urdir una parábola mistonga que, repetida una y mil veces, justificara la intrínseca cobardía que suponía haber amnistiado primero a los terroristas presos y tres años después hacerse los sotas ante una debacle que ellos mismos habían organizado y darle carta blanca, con silencios y omisiones, a los militares para que hicieran lo que consideraran necesario.
Ese día se parió el relato; relato cuyas palabras liminares fueron un fraude en sí mismo: “con la democracia se come, se cura, se educa…” y siguió, años después, con la mentira que “nunca nos defraudarían”, mientras que a pura payasada nos refregaban -todos estos charlatanes de feria- la impudicia con que urdieron la más cruel de las mentiras, negar que en Argentina hubiera habido una guerra civil.
De buenas a primeras y a caballo de falaces reparaciones históricas los que habían muerto defendiendo a la República dejaron de tener valor tanto como seres humanos como por el sacrificio y dolor que sus muertes conllevaban, para ser suplantados, primero con timidez y hoy con obsceno desparpajo, por aquellos que la atacaron con saña mientras el politicaje nacional organizaba la infame tramoya que aún después de treinta años sigue vigente cada día con más fuerza ya que al prostituir a la justicia y manosear a la Constitución, posibilitaron que aquellos que verdaderamente trajeron la democracia- y esto no es una tergiversar la verdad porque el triunfo de la subversión hubiera sido replicar a Cuba en Argentina- hayan sido abandonados por todos nosotros en manos de payasos togados con chapa de jueces que en verdad son a la vez jurados y verdugos; y que al igual que muchos, en esta Argentina “ganada”, han descubierto que la lesa humanidad más que una legislación para corregir excesos es un brillante negocio.
¿Hay algo que festejar de estos treinta años pasados?, ¡Claro que hay mucho para festejar!, por ejemplo, que aceptamos sumisamente que jerarquía, autoridad y disciplina son malas palabras, que premios y castigos es un concepto medieval, y aunque a consecuencia de esto la educación empezó un declive que parece no tener vuelta atrás podemos sumar como logro que los que se iniciaron en aquel lejano 1983 en esta milonga educacional hoy acompañan a sus hijos a “tomar colegios”; que la defensa nacional, como política de estado, ha desaparecido para bien y alegría de nuestros vecinos; que la seguridad personal es un bien escaso en la República, y que solo pueden estar a salvo los que paguen por ella; que tenemos una corte suprema de lujo con un juez que juró por el Estatuto del Proceso de Reorganización Nacional y sistemáticamente -en esa época- negó habeas corpus a muchos que por esa negación adquirieron el destino de desaparecidos; que los treinta mil desaparecidos es un mal verso pero que de alguna manera justifica las indemnizaciones pagadas a no se sabe quien.
También tenemos que celebrar una hiperinflación que mandó al muere a cientos de argentinos en el inicio de esta temporada democrática; la posterior destrucción de los ferrocarriles y, al haber arrasado a pura ignorancia las empresas del estado en lugar de mejorarlas, se sentaron las bases necesarias para llegar al desabastecimiento energético de hoy y a un descalabro logístico difícil de remontar. Igualmente, nos podemos felicitar por el quebranto sin desperdicio de la industria nacional que permitió que los logreros de siempre -autodenominados “empresarios nacionales”- tomaran fuerzas para ser hoy los vampiros del estado; que redujimos a la nada cualquier cosa que tuviera que ver con controles fueran estos sobre la necesaria calidad institucional o que solo sirvieran para la seguridad cotidiana de la gente. Tampoco podemos olvidar la debacle del 2001, el “aburrido” y su helicóptero y la banda de perdularios que por días o algunas horas se sentó en el sillón de Rivadavia.
Podemos celebrar, sin duda alguna, la distribución de la riqueza, aunque este festejo fuera incongruente en el impenetrable, en la Puna, en las comunidades Qom o en cualquier villa miseria con destino de muerte y paco, pero reconozcamos que hay argentinos que pueden celebrar esto, esos cientos de tipos que alcanzaron una intendencia, una diputación, una senaduría, sin hablar de gobernaciones y ministerios y de golpe, por algún quini o lotto del “destino” se hicieron millonarios.
Sería ingrato, ya que de distribución de riquezas hablamos, no celebrar la forma en que en democracia se manejó la pobreza estructural que era en 1983 el 7,83% y que treinta años después hemos conseguido elevarla hasta el 24,4%, pero, eso si, dando gracias a Dios que hoy se “come” por 6,33$ y cualquier quía que gane un peso (1$) más de 1.717 $ ya no es “pobre”.
También nos puede quedar resto para brindar- claro que con una vela en la mano- por los desaparecidos en democracia para los cuales no hubo derechos humanos, en especial los cientos de mujeres y chicos que se llevaron las redes de trata, los asesinados por una delincuencia que gracias al garantismo entronizado desde 1983 en la justicia argentina ha aumentado exponencialmente, sin olvidar las tragedias de Once, de Castelar y los miles que han muerto en carreteras prometidas durante treinta años que iban a ser mejoradas, y finalmente, ¿por qué no?, que la Argentina es hoy un País dividido por odios y malquerencias que creíamos superadas y que es el gobierno nacional el que se ha encargado de incentivarlas para que no olvidemos que, aunque el odio no construye la división de una sociedad permite a unos pocos vivir de ella.
Creo que hoy es la democracia el único sistema viable para desarrollar una Nación, y aunque nuestra imperfección humana lo convierte en un mediocre instrumento podría ser mejorado si dejáramos de lado egoísmos y odios. Y también la mentira. La sistemática mentira con que nos han querido hacer creer que a la democracia la trajo Alfonsín, Luder o cualquiera que se subiera a caballo del presunto combate contra un régimen, el Proceso. Es hora de decir con todas las letras que a la democracia, esta democracia que hoy nos contiene pese a ser agredida constantemente por aquellos que tienen la obligación de preservarla, no la trajeron Alfonsín ni Luder ni ningunos de los que durante siete años hacían declaraciones rimbombantes pero permitidas. A la democracia la trajeron los Berdina, Los Moya, los Barceló, los Cáceres, los soldaditos de Formosa, los Bravos de Manchalá, y todos los que hoy, abandonados por nosotros se pudren en los penales federales donde el infame revanchismo de este régimen los envía.
Ellos, y no otros son quienes trajeron la democracia; siete años de groseras equivocaciones habían hecho que el proceso se agotara en sí mismo. ¿Hubiera sucedido lo mismo si la subversión hubiese ganado la guerra entronizando un régimen marxista al que no le hubiera temblado la mano para eliminar a miles de “burgueses” acompañado del aplauso internacional?
Era claro que esas turbas embriagadas de ardores democráticos habían olvidado los tiempos en que pedían patíbulos para los terroristas en todas las plazas de la República y recitaban como letanía laica el “por algo será”, oración rante que justificaba todas sus cobardías y agachadas. Pero también habían olvidado- la negación del dolor y del miedo es parte de la naturaleza humana- las bombas, los asesinatos, las sirenas que ululaban en las noches de la Argentina y su propio espanto que los llevó, colectivamente, a pedirle, casi de rodillas a una cúpula militar- hombres confundidos en el momento y lugar incorrecto- a actuar de una manera más que boba cuando en verdad deberían haber dejado que esa sociedad civil se las arreglara como pudiera.
A pesar de ello, es imposible a treinta años de esa “efeméride” no hacer siquiera una breve semblanza de aquellos que vinieron a “manejar” los destinos de la “nueva” República en su etapa democrática. La lúcida mente de Carlos Manuel Acuña los definió con exactitud cuando decía que si sumáramos los coeficientes intelectuales de todos los presidentes argentinos desde 1983 hasta hoy, la suma de todos ellos no alcanzaría al coeficiente intelectual de un solo presidente de Uruguay, Brasil o Chile en el mismo período. Ese muestrario de incapaces e iletrados que se apoderó de la República en obscena yunta de oficialismo y oposición fue nuestra tragedia y el inicio -sumada a la inconsciente pusilanimidad de los argentinos- de todas las desgracias que después nos ha alcanzado.
Todo lo que hoy sucede ya estaba larvado en el ánimo de la dirigencia política argentina, porque, aunque nos hayamos olvidado, el “relato” no es un invento reciente de una pareja de desquiciados; el “relato”, en tanto y cuanto compendio de la deshonestidad, la cobardía y la manipulación histórica nos envolvió desde el mismo 10 de diciembre de 1983. Había mucho que tapar, había demasiada mierda en el muladar político y lo menos que debían hacer era urdir una parábola mistonga que, repetida una y mil veces, justificara la intrínseca cobardía que suponía haber amnistiado primero a los terroristas presos y tres años después hacerse los sotas ante una debacle que ellos mismos habían organizado y darle carta blanca, con silencios y omisiones, a los militares para que hicieran lo que consideraran necesario.
Ese día se parió el relato; relato cuyas palabras liminares fueron un fraude en sí mismo: “con la democracia se come, se cura, se educa…” y siguió, años después, con la mentira que “nunca nos defraudarían”, mientras que a pura payasada nos refregaban -todos estos charlatanes de feria- la impudicia con que urdieron la más cruel de las mentiras, negar que en Argentina hubiera habido una guerra civil.
De buenas a primeras y a caballo de falaces reparaciones históricas los que habían muerto defendiendo a la República dejaron de tener valor tanto como seres humanos como por el sacrificio y dolor que sus muertes conllevaban, para ser suplantados, primero con timidez y hoy con obsceno desparpajo, por aquellos que la atacaron con saña mientras el politicaje nacional organizaba la infame tramoya que aún después de treinta años sigue vigente cada día con más fuerza ya que al prostituir a la justicia y manosear a la Constitución, posibilitaron que aquellos que verdaderamente trajeron la democracia- y esto no es una tergiversar la verdad porque el triunfo de la subversión hubiera sido replicar a Cuba en Argentina- hayan sido abandonados por todos nosotros en manos de payasos togados con chapa de jueces que en verdad son a la vez jurados y verdugos; y que al igual que muchos, en esta Argentina “ganada”, han descubierto que la lesa humanidad más que una legislación para corregir excesos es un brillante negocio.
¿Hay algo que festejar de estos treinta años pasados?, ¡Claro que hay mucho para festejar!, por ejemplo, que aceptamos sumisamente que jerarquía, autoridad y disciplina son malas palabras, que premios y castigos es un concepto medieval, y aunque a consecuencia de esto la educación empezó un declive que parece no tener vuelta atrás podemos sumar como logro que los que se iniciaron en aquel lejano 1983 en esta milonga educacional hoy acompañan a sus hijos a “tomar colegios”; que la defensa nacional, como política de estado, ha desaparecido para bien y alegría de nuestros vecinos; que la seguridad personal es un bien escaso en la República, y que solo pueden estar a salvo los que paguen por ella; que tenemos una corte suprema de lujo con un juez que juró por el Estatuto del Proceso de Reorganización Nacional y sistemáticamente -en esa época- negó habeas corpus a muchos que por esa negación adquirieron el destino de desaparecidos; que los treinta mil desaparecidos es un mal verso pero que de alguna manera justifica las indemnizaciones pagadas a no se sabe quien.
También tenemos que celebrar una hiperinflación que mandó al muere a cientos de argentinos en el inicio de esta temporada democrática; la posterior destrucción de los ferrocarriles y, al haber arrasado a pura ignorancia las empresas del estado en lugar de mejorarlas, se sentaron las bases necesarias para llegar al desabastecimiento energético de hoy y a un descalabro logístico difícil de remontar. Igualmente, nos podemos felicitar por el quebranto sin desperdicio de la industria nacional que permitió que los logreros de siempre -autodenominados “empresarios nacionales”- tomaran fuerzas para ser hoy los vampiros del estado; que redujimos a la nada cualquier cosa que tuviera que ver con controles fueran estos sobre la necesaria calidad institucional o que solo sirvieran para la seguridad cotidiana de la gente. Tampoco podemos olvidar la debacle del 2001, el “aburrido” y su helicóptero y la banda de perdularios que por días o algunas horas se sentó en el sillón de Rivadavia.
Podemos celebrar, sin duda alguna, la distribución de la riqueza, aunque este festejo fuera incongruente en el impenetrable, en la Puna, en las comunidades Qom o en cualquier villa miseria con destino de muerte y paco, pero reconozcamos que hay argentinos que pueden celebrar esto, esos cientos de tipos que alcanzaron una intendencia, una diputación, una senaduría, sin hablar de gobernaciones y ministerios y de golpe, por algún quini o lotto del “destino” se hicieron millonarios.
Sería ingrato, ya que de distribución de riquezas hablamos, no celebrar la forma en que en democracia se manejó la pobreza estructural que era en 1983 el 7,83% y que treinta años después hemos conseguido elevarla hasta el 24,4%, pero, eso si, dando gracias a Dios que hoy se “come” por 6,33$ y cualquier quía que gane un peso (1$) más de 1.717 $ ya no es “pobre”.
También nos puede quedar resto para brindar- claro que con una vela en la mano- por los desaparecidos en democracia para los cuales no hubo derechos humanos, en especial los cientos de mujeres y chicos que se llevaron las redes de trata, los asesinados por una delincuencia que gracias al garantismo entronizado desde 1983 en la justicia argentina ha aumentado exponencialmente, sin olvidar las tragedias de Once, de Castelar y los miles que han muerto en carreteras prometidas durante treinta años que iban a ser mejoradas, y finalmente, ¿por qué no?, que la Argentina es hoy un País dividido por odios y malquerencias que creíamos superadas y que es el gobierno nacional el que se ha encargado de incentivarlas para que no olvidemos que, aunque el odio no construye la división de una sociedad permite a unos pocos vivir de ella.
Creo que hoy es la democracia el único sistema viable para desarrollar una Nación, y aunque nuestra imperfección humana lo convierte en un mediocre instrumento podría ser mejorado si dejáramos de lado egoísmos y odios. Y también la mentira. La sistemática mentira con que nos han querido hacer creer que a la democracia la trajo Alfonsín, Luder o cualquiera que se subiera a caballo del presunto combate contra un régimen, el Proceso. Es hora de decir con todas las letras que a la democracia, esta democracia que hoy nos contiene pese a ser agredida constantemente por aquellos que tienen la obligación de preservarla, no la trajeron Alfonsín ni Luder ni ningunos de los que durante siete años hacían declaraciones rimbombantes pero permitidas. A la democracia la trajeron los Berdina, Los Moya, los Barceló, los Cáceres, los soldaditos de Formosa, los Bravos de Manchalá, y todos los que hoy, abandonados por nosotros se pudren en los penales federales donde el infame revanchismo de este régimen los envía.
Ellos, y no otros son quienes trajeron la democracia; siete años de groseras equivocaciones habían hecho que el proceso se agotara en sí mismo. ¿Hubiera sucedido lo mismo si la subversión hubiese ganado la guerra entronizando un régimen marxista al que no le hubiera temblado la mano para eliminar a miles de “burgueses” acompañado del aplauso internacional?
José Luis Milia

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