10/11/13
Por Gisele Sousa DiasLAS CARAS DETRÁS DE LAS CIFRAS OFICIALES
Con esa suma comen, se visten, pagan sus impuestos, sacan a pasear a sus hijos. Pero según los cálculos del INDEC, sólo son pobres los que ganan menos de $ 18 diarios. Ellos cuentan cómo hacen.
Celina Carrizo (34), tiene un negocio en Córdoba. Gustavo Rodríguez (33), empleado de Mendoza y Alejandro Caminos, 22 años, vecino de Villa Luro.
A 30 kilómetros del Obelisco, en su casa sin agua, hay una visitadora médica que mantiene a toda su familia con los $ 40 que gana al día. En Mendoza, hay un empleado que soñaba con viajar y formar una familia y que no tiene más opción que seguir viviendo con sus padres. En Córdoba, hay una mujer que mudó su perfumería a su casa para achicar costos y aun así tiene que juntar hasta las monedas para pagar los impuestos. Estas son algunas de las historias de carne y hueso detrás de las cifras publicadas por el INDEC: en el país, más de 11 millones de personas viven con menos de $ 40 por día. Con ese dinero comen, se visten, pagan sus impuestos, sacan a sus hijos a pasear. Según los cálculos oficiales, sin embargo, muchos de ellos están lejos de ser pobres.
Daniela Geronis tiene 26 años y se recibió de visitadora médica en la Universidad de El Salvador. Sin embargo, como nunca consiguió trabajo en un laboratorio, es auxiliar en un jardín de infantes en San Miguel. “Hasta hace poco, cobraba $ 700 mensuales. Pero en mayo mi marido se quedó sin trabajo y tuve que pedir un aumento para poder mantener a la familia”, cuenta. Recién ahí Daniela, que tiene una hija de 5 años y un bebé de 1 año y medio, logró alcanzar un sueldo de $ 1.200 al mes.
“A veces los chicos me dicen ‘má ¿comemos milanesas hoy?’. Y yo no tengo plata ni para eso. Y otras veces, cuando salimos a la plaza, mi hija me dice ‘má, ¿me comprás un helado?’. Ahora ya no: aprendió que llevo la plata justa y que no tiene que pedir”. Su planteo es lógico: comprar un cuarto de helado consumiría todo lo que gana en un día. “Con lo que gano me alcanza para pagar lo básico. El mes que viene nos quedamos todos sin obra social y no podría pagar una prepaga ni con el sueldo entero. Estábamos haciendo nuestra casa pero así no podemos ni terminar la conexión de agua: tenemos que llevar y traer baldes para cocinar y para bañarnos. Si eso no es ser pobre que me digan qué es ”.
La mayoría de los centros académicos y las consultoras privadas calculan que una persona es pobre si dispone de menos de $ 1.150 por mes (o $ 38 pesos por día) para cubrir una canasta básica de pobreza (que además de los alimentos básicos incluya gastos de vestimenta, transporte, vivienda, luz, gas, remedios y textos escolares).
Para el INDEC, según las últimas estadísticas, una persona adulta debía considerarse pobre en Capital Federal y Gran Buenos Aires si sólo disponía de menos de $ 18 por día.
Celina Carrizo tiene 34 años, vive en Córdoba y tenía una perfumería en un local comercial. Pero hace un año debió cerrarla porque los números no le daban y decidió llevar el comercio a un anexo de su casa. Pero su negocio casero está ubicado cerca de grandes comercios por lo que no puede cargar demasiado los precios. “Así, junto $ 1.200 al mes. Con eso pago el colegio de mis hijos y nada más”.
El dinero tampoco le alcanza para pagar el transporte escolar que lleva y trae a Vilma y a Jesús, sus hijos, del colegio. Subsisten porque no pagan alquiler y gracias al aporte de su esposo pero “siempre –aclara– nos queda algún impuesto o gasto que no podemos pagar.
En muchas situaciones cotidianas me siento pobre. Por ejemplo, cuando tengo que juntar monedita por monedita para llegar a pagar un impuesto ”.
“Es difícil sobrevivir así”, admite resignado Gustavo Rodríguez, un joven de 33 años que trabaja con su hermano en un local de fotocopias en Mendoza. “Al mes cobro entre $ 1.000 y $ 1.500, que me alcanzan solamente para los gastos mínimos. Por eso, no puedo ni siquiera pensar en alquilar, en viajar o en formar una familia, por ahora eso es imposible”, aseguró el ex inspector de tránsito de la Municipalidad local. Su situación económica lo obliga a alejarse de todos esos proyectos y seguir viviendo con sus padres “porque con lo que gano no puedo pagar un alquiler”.
Alejandro Caminos tiene 22 años y vive en Villa Luro. Es más joven que el resto y no tiene hijos que mantener pero igual lo que gana al mes lo desalienta. Se recibió de periodista, colabora en una página web y también junta unos 1.200 pesos al mes.
“Vivo gracias al aporte de mis viejos. Ellos me pagan casi todo: las salidas, la ropa, la comida. Muchas veces me siento un parásito. Me da bronca no poder conseguir un trabajo fijo para poder bancarme mis cosas”, dice Alejandro, que vive repartido entre la casa de su madre y la de su padre.
Alejandro, además, está en pareja desde hace cinco meses y muchas veces siente vergüenza por no poder invitarla a salir o comprarle algo que le había prometido.
“Con mi novia no somos de gastar mucha plata. Los dos pensamos parecido, entonces nuestras salidas son más ir a caminar o ver películas en casa. Cuando vamos a comer afuera aprovechamos mucho los cupones de descuentos, y eso nos permite ahorrar plata. Por suerte ella me banca con ese tema, aunque a veces me avergüenzo por no poder comprarle o regalarle algo que le gusta”.
Raúl Pizarro tiene 41 años y vive en Rosario junto a su mujer y sus cuatro hijas. Hacia fines de los años 90 atendía una verdulería del centro hasta que el encargado le dijo que no lo necesitaba más. Entonces, un muchacho conocido que abría puertas de taxis cerca de allí le ofreció trabajar en esa esquina. “Me dijo que acá se hacía buena plata y en esa época se laburaba bien, era una diferencia enorme comparando con lo que ganaba antes”, recuerda.
Desde entonces, él y su esposa van cada día a esa parada, aunque “ahora está muy flojo” y es “más duro” mantenerse. “Hay clientes fijos que vienen todos los días y te van conociendo, otros te dan 10 o 20 centavos pero al final todo suma”, reconoce.
Raúl dice que tuvieron que ajustar los gastos para subsistir. “En mi casa, antes vos traías un kilo de pan para la mañana y uno para la noche, ahora tenés que tirar todo el día con un kilo y ni facturas podés comprar”. La ayuda llega de done menos la esperaba: de su hija mayor que trabaja de forma independiente. Y mientras abre la puerta de otro auto hace un diagnóstico de su situación: “Bien no estamos –dice–. Tratamos de sobrevivir”. Que no es lo mismo.
Informes: Lucas Cruzado, Mariano Gavira, Federico Brusotti, Lucas Aranda.


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