LA COLUMNA DE LA
SEMANA
Cristina versus Macri
Por Luis Domenianni
La desesperación suele ser mala
compañía. Y desesperación es, por estos días, cuanto muestra el candidato
presidencial del oficialismo K, Daniel Scioli.
Una desesperación que lo lleva a
calificar a su contrincante en la segunda vuelta del 22 de noviembre próximo
como jefe de la Alianza y a atribuirle responsabilidad indirecta en el fallo
del juez Thomas Griessa quien elevó el monto de la deuda argentina en default a
8.000 millones de dólares.
No es casual, ni mucho menos
producto de la inventiva del saliente gobernador de la provincia de Buenos
Aires. Es puro acatamiento, liso y llano, de las directivas que emanan de la
Casa de Gobierno y que porta el candidato a vicepresidente Carlos Zannini.
Tras el pésimo resultado
electoral y la ruidosa derrota kirchnero-sciolista en la provincia de Buenos
Aires, el entorno del gobernador imaginó una doble perspectiva, tanto para
seguir en carrera como para, llegado el caso, retirarse.
Esa doble perspectiva indicaba,
por un lado, culpabilizar por el resultado electoral a la derrota de Aníbal
Fernández en la provincia de Buenos Aires y, por el otro, encarar la segunda
vuelta con un casi total grado de independencia frente al kirchnerismo.
El primer punto no parecía
presentar demasiados problemas. Era casi objetivo. Cualquiera sabe que se
produjo un extraordinario corte de boletas a favor de María Eugenia Vidal y un
no tan extraordinario corte en contra de Aníbal Fernández.
Instalar que ganó Vidal porque
Fernández era un mal candidato no resultaba complejo. Bastaba con soslayar que
el “alza” de Vidal fue mucho más pronunciada que la “baja” de Fernández. Y con
ignorar cualquier vinculación entre el resultado electoral en la provincia de
Buenos Aires con la muy mala calificación que, por lo general, ameritan los
ocho años de gobierno Scioli.
Scioli y su entorno contaban,
además, con un enojo presidencial que, por una vez, no los visualizaba. Fue por
la demora en dar a conocer los resultados electorales, la noche del domingo 25
de octubre.
Esa demora, que
casi todo el mundo del análisis político atribuye a un capricho de Cristina
Kirchner, fue producto del consejo de Aníbal Fernández que solicitaba espera
presidencial hasta que la tendencia se revirtiese a su favor, en la provincia.
Vinculado a ello,
está el papelón de horas más tempranas, cuando en la señal de televisión K
propiedad del enriquecido empresario “amigo” Cristóbal López, un periodista
militante anunciaba el “triunfo de Daniel Scioli por amplio margen” y
proclamaba a Aníbal Fernández como “gobernador de la provincia de Buenos
Aires”.
Cristina Kirchner
se enojó con Aníbal pero fue un enojo que duró poco y nada. Es que, ella
–centro del mundo, claro- prácticamente no pagó ningún costo por ello y pudo,
luego, “restregar” la limpieza de los comicios como una forma de relativizar
los sucesos de Tucumán.
En realidad,
ocurrió lo contrario. Gracias a lo de Tucumán, los intentos de fraude quedaron
limitados. Pero no fue solo porque se extremó la vigilancia, sino porque desde
el gobierno no fueron impulsados. Entre otras cosas, porque Cristina Kirchner
no estaba dispuesta a pagar el precio por favorecer a Scioli
El enojo central,
serio y trascendente, de la aún presidente fue cuando confirmó que, dentro de
la táctica sciolista para encarar la segunda vuelta, figuraba una separación
del kirchnerismo que lo llevaba hasta la cuasi negación del universo K.
La eventual
“traición” sciolista superaba los límites de lo tolerable y Cristina Kirchner
decidió actuar en consecuencia.
Conocedora como
nadie de la predisposición sciolista de aceptar cualquier cosa con tal de
alcanzar el objetivo presidencial, Cristina Kirchner decidió en cinco minutos
resolver la disputa con Aníbal Fernández y enviar un “ukase” al maltrecho
candidato oficialista.
A Fernández lo
envió a Tucumán a la asunción de Juan Manzur como gobernador en lo que fue la
mayor demostración de poderío de la liga de gobernadores peronistas con su
secuela de aviones estacionados a un costado de la pista tucumana.
Y allí, en
Tucumán, Fernández se abrazó con Scioli, en un abrazo que en nada benefició a
Scioli y que en nada comprometió a Fernández.
¿Por qué Scioli
aceptó ese abrazo de quien hasta 24 horas antes su entorno culpabilizaba por la
muy mala elección?
Porque detrás de
ese abrazo se ocultaba la amenaza fatal. La que, esa misma mañana, le propinó a
Scioli, su candidato a vicepresidente, el ultra K Carlos Zannini.
“Apenas me dé
cuenta que torciste el rumbo, aunque más no sea por dejar de defender al
gobierno de Cristina, renuncio a la fórmula” fue el anatema que pronunció
Zannini, obviamente acordado de manera previa con Cristina y probablemente con Máximo
Kirchner.
No es difícil
imaginar el estremecimiento que recorrió la humanidad de Scioli. La amenaza,
obviamente, no consistió en un renunciamiento de Zannini. A buen entendedor,
pocas palabras, no significó otra cosa que el retiro del apoyo K.
Como siempre,
Scioli acató. El precio a pagar por la independencia era el desamparo. Y sin el
amparo K su candidatura, ahora, no vale nada.
No fue hora por
tanto de mostrarse digno. En realidad, para Scioli, no lo es ahora, ni lo fue
nunca. Scioli se comprometió pues a segur los lineamientos que, de aquí en más,
hasta el 22 de noviembre, trace Cristina Kirchner.
Lineamientos que
implican, por sobre todas las cosas, la defensa del modelo, es decir del
gobierno K.
El tono y el
contenido fue el que empleó Cristina Kirchner en su alocución televisiva de la
semana que acaba de finalizar. Fue lo de siempre salvo el párrafo dedicado a
María Eugenia Vidal, que pasa a ser utilizada como la explicación práctica del
acatamiento cristinesco a los dictados populares. La manipulación por “contrario
sensu”.
Y entonces el
enemigo que queda, en la lógica binaria del kirchnerismo, es Macri que
representa todo lo malo frente a todo lo bueno que es “lo K”. Es decir, ella.
De esta manera,
Cristina Kirchner se sitúa, de nuevo, en el centro de la escena que Scioli es
incapaz de ocupar. Lo desplaza como tantas veces lo hizo al rol secundario. Al
de “chirolita” que emplea argumentos demostrativos de una particular pobreza
intelectual.
Allí va entonces
Scioli a calificar a Macri de jefe de la Alianza, a ver si le puede endilgar
aquel fracaso al que Macri, por aquel entonces, solo vio por televisión.
Allí va entonces
Scioli a inventar una especie de traición a la patria de Macri porque su mera
existencia es suficiente para motivar el fallo del juez Griessa.
Allí va entonces
la beneficiada con empleos familiares –no electorales- Estela de Carlotto a la
que le dictaron el argumento que un triunfo macrista implica la liberación de
los represores de la dictadura.
Y allí coinciden todos los que un día antes
reclamaban al candidato, independencia de criterio y alejamiento del compromiso
K.
Con un mísero
anatema Zannini puso la casa en orden. Cristina Kirchner ni se dignó a
formularlo ella misma. No hizo falta. Scioli no está a su altura. Es lo que
intentó demostrar y lo que demostró.
Ahora, todo se
resume a Macri o Cristina ¿Y Scioli? Solo le queda cumplir el rol de ultra
montano. O sea, ser más cristinesco que Cristina.
Macri
Del otro lado, hay
confianza. El resultado fue mucho mejor que el esperado. Nadie imaginó un
segundo lugar a solo dos puntos y medio del candidato oficialista.
Y nadie
imaginó, al menos hasta la PASO, un histórico triunfo de María Eugenia Vidal.
Hay confianza pero
no exceso de confianza. Por ejemplo, aunque trascienden nombres de futuros
integrantes de gabinete, solo se trata de los probables números puestos o de
operaciones mediáticas de algún interesado.
A saber, la
cuestión ministerial queda pospuesta hasta después del 22 de noviembre. Es que
una cosa es con un triunfo nacional y otra muy distinta si ocurre lo contrario.
Si el triunfo
nacional se produce, será Mauricio Macri el privilegiado en elegir los primeros
nombres que integrarán un gabinete ministerial. El suyo, claro. Agotada la
instancia nacional, recién comenzarán a ser completados los casilleros de la
provincia y de la ciudad de Buenos Aires.
Y eso es
prudencia. O sea no exceso de confianza. Nadie ofrece nada porque aún resta una
elección más que, justamente, es la más importante.
La campaña de
Cambiemos reinicia el lunes 2 de noviembre. Consistirá en desplazamientos del
candidato por el interior del país, algo que rindió buenos frutos a partir del
achicamiento de las diferencias tanto en el NOA como en el NEA.
La novedad será
Vidal que no solo acompañará a Macri por la provincia de Buenos Aires, sino que
aparecerá junto al candidato a presidente en otros distritos. Hoy por hoy,
Vidal pasó a ser la joya de la corona y hay que mostrarla.
La circunstancia
demandará un desdoblamiento de la gobernadora electa de Buenos Aires. Deberá
sumar campaña a su imprescindible trabajo de preparar el futuro gobierno.
Pero además, se
ocupará –ya se ocupa- de contestar las puestas a prueba a la que intentará
someterla el desplazado peronismo provincial.
En rigor, la
generalización es incorrecta. No son pocos los intendentes justicialistas
electos que le hicieron llegar su felicitación y que se preparan para la
convivencia. Los de Lomas de Zamora, Almirante Brown y La Matanza, así lo
hicieron.
Inclusive en una
reunión que se llevó a cabo en Berazategui entre intendentes –actuales y
electos- de La Cámpora con Máximo Kirchner, la cuestión provincial no fue
motivo de conversación. Y todo se limitó a la explicación de la relación actual
con Scioli, en función de la campaña electoral.
Pero están los
otros, los que intentan llevar adelante desde el vamos ensayos sobre la
gobernabilidad del país y de la provincia. Fue, por ejemplo, el caso del
intendente de Ensenada, Mario Secco, y al que Vidal le respondió con una
amenaza de denuncia penal.
“Si quieren jugar
fuerte, yo no me achico” fue la traducción de la respuesta de la gobernadora
electa. Sonríe mucho, pero no es carácter lo que le falta.
Por ahora, en el
capítulo de preparación del nuevo gobierno, se trabaja más sobre temas que sobre
nombres.
No obstante
algunas cosas están encarriladas. Por ejemplo, la relación con el socio
radical.
Primero fue el
acuerdo intra radicalismo. No habrá dispersión de pedidos. Todo quedará
centralizado en interlocutores únicos. Será Ernesto Sanz en la Nación y será el
vicegobernador electo, Daniel Salvador, en la provincia de Buenos Aires.
El mecanismo no
solo fue acordado entre los interesados. Le fue planteado al PRO y todo quedó
cerrado. Por ahora, sin nombres pero con la certeza de quienes están en
condiciones de acercarlos.
En cuanto a temas,
además de los de la campaña –educación, infraestructura, salud, seguridad,
narcotráfico- se inscribe con letras mayúsculas el de Presupuesto. El “destape”
de la olla provincial augura, como mínimo, un déficit de 15.000 millones de
pesos. Una enormidad.
Massa
Es temprano aún,
pero las primeras encuestas auguran un triunfo de Cambiemos para la
presidencial del 22 de noviembre. Ese triunfo de Cambiemos se centra en lo que
deciden los votantes de Sergio Massa.
Confirman que, con
excepción de una mínima parte que ya decidió votar en blanco, dos tercios del
total se inclinarían a votar por Mauricio Macri y solo un tercio lo hará por
Daniel Scioli.
Tal vez, estos
números preliminares, no muy confiables por ciento, hayan influido sobre el ex
candidato presidencial para formular sus anuncios a favor del “cambio”.
En rigor, mucho
más que cualquier guarismo, influye la situación y el futuro del propio Massa.
Primero, hay que
tener en cuenta la edad del ex intendente de Tigre. Cronológicamente esta en
edad de disputar varias presidenciales futuras.
Segundo, es
pertinente el análisis político. Con un triunfo de Scioli, Massa queda no solo
desdibujado, sino vaciado de votos. En ese caso, sus votantes no son sus
votantes, sino peronistas que nada imaginan fuera de su universo.
Massa no solo sabe
que esto no es así, sino que debe evitar que se materialice. El rol que se
imagina a sí mismo es el de jefe de la oposición a Macri. No el de un opositor
salvaje, sino el de un hombre de Estado responsable
En esa posición,
sus dos principales adláteres lo acompañan. Se trata de José de la Sota y
Roberto Lavagna. No así, quien fuese su candidato a gobernador provincial
Felipe Solá, de momento, sin rol en la conducción de UNA.
La primera prueba
de oposición responsable, por parte del massismo, deberá quedar demostrada en
la constitución de las autoridades legislativas, tanto en la Nación, como en la
provincia de Buenos Aires
Allí, los bloques
de UNA decidirán si acompañan a los vencedores electorales o si optan por las
piedras en el camino.
Gracias al envío del Amigo MIGUEL M.
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