por Alejandro Rozitchner
Filósofo
Cristina se hace detestar. Tendrá algún partidario sincero, algún
confundido, pero no debe tener admiradores, ni seguidores. El de los K
es un mundo sin admiradores, es un espacio de súbditos. Y cómplices, o
súbditos que dejan de serlo por un rato, se elevan y después vuelven a
caer en la posición de entrega y renuncia. El mecanismo victimizador
que usan políticamente es el mismo que debe operar como clave en sus
situaciones personales. Es un mundo tenso, sin disfrute, sin amor, y
no conviene imaginar mucho los detalles de una vida en ese estilo. Se
imponen, logran meterse en la cosa, pero no impulsan su viaje con
ningún combustible afectuoso ni positivo: destilan agresividad,
ofensa, intolerancia. Vienen de un mundo viejo y se van quedando sin
sustento, cada vez más lejos del piso, elevándose a una altura de
inmolación e iluminaciones dementes.
Es una presidenta sin amor, sin ganas de ayudar, sin humildad, que no
cree que tenga ya nada que aprender, encerrada en su mundo de modas y
cremas, de delineadores y maquillajes, más dispuesta al enojo que a
cualquier otra cosa, que siente siempre que la quieren joder y termina
jodiendo ella. Mujer pretenciosa que quiere ser la más inteligente sin
tener con qué, sin emotividad que la guíe en la construcción de una
visión del mundo, mujer chata de mundo chato, acorralada por su
espíritu empobrecido y empobrecedor. Apasionada por la negación y la
negatividad, desesperada por quedar bien ante una exigencia desmedida,
tan grande que no le permite autenticidad alguna, ni verdadero
crecimiento.
Señora de nadie, para nadie, señora sola, que no inspira la piedad que
podría, a fuerza de desplantes y caritas necias. Repetidora del
Néstor, presidenta de todas las falsedades, mujer de hachas tomar.
Sorda a todo llamado, muda de sentimientos y cercanías, ciega a toda
verdad. Universitaria de esterilidades, con universidad atragantada,
doctora de una cátedra irrespirable de resentimiento y obsesionada por
una competencia sin competitividad, dueña de una arrogancia sin
frutos, de pensamientos sin asideros, de displicentes mohines sin
gracia, autoritaria crecida en el mundo del Proceso al que reproduce
aunque intente y diga que lo combate, porque lo lleva adentro, porque
lo mamó de joven, porque milita en su sensibilidad por más que diga
oponérsele. ¿Será por eso que los K hablan tanto de ese tiempo ido,
porque ellos viven todavía imaginariamente en ese contexto, que los
traumatizó al punto de impedirles todo desarrollo de una visión
superadora?
Mina jodida que prefiere la hecatombe a dar el brazo a torcer, que
prefiere hundirse y hundir a todos antes de tratar de salvar algo.
Imposible llevar una pareja con esa actitud arrogante, menos un país.
¿Cómo, no está casada? No, está sola de toda soledad, asociada a otro
atragantado que escupe desprecio y no tiene donde ir a rascarse. Gente
sin amigos, de intimidad sospechosa y amenazante, peligrosos, temidos
pero no queridos, incapaces de matices y de inteligencias. Mienten,
mienten y mienten. ¿En defensa de una verdad fanática o como
ocultamiento de negocios indebidos? Probablemente ambas cosas a la
vez.
Sonrisas que no ríen, sonrisas que gastan, que nos gastan a nosotros,
que ya no las queremos ver más, que aspiramos a otros tratos, que nos
hemos convencido de que merecemos otra consideración, otro respeto,
otra realidad. Pelo sobre la cara, cejas y ojos subrayados, vendiendo
mujer donde hay desierto, sequedad, páramo. Mujer sin calidez ni
comprensión, mujer fanática, mujer todo que termina siendo mujer nada.
Mujer yo yo yo yo que tiene que pasar por mucho él él él él y aun más
por muchos vos vos vos vos, Néstor, pero incapaz de un nosotros
abarcativo, incapaz de ir más allá de un ambiente de venganzas y
cuentas a cobrar.
Mujer de relinchos y mañas, inestable, furiosa apenas contenida, mal
disimulada, agazapada y dispuesta al salto. Mujer de frases que
enrollan y no saben para donde ir, porque en ellas se mezcla la bronca
con la mentira, con el miedo, con el vacío, la chicana política con el
desinterés absoluto por los otros, discursos de soledades,
patagónicos, agónicos, cancheros, sobradores, palabras esquivas,
altisonantes, sin densidad ni consistencia.
¿Cómo guardarle el respeto que ella no nos tiene? ¿Tendríamos nosotros
que ejercerlo aun? ¿Hasta cuándo? Es duro decirlo, pero suponerle
humanidad es un gesto de grandeza que no merece, una conjetura
riesgosa. Además, vale más la pena tener claras estas cosas, porque en
el intento de los K de llevarse puesto al país, y con él a nosotros,
mejor sería que tuviéramos la astucia de impedirlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario