-9/03/2014
Por Eugenio Paillet
Mientras la presidenta busca reinsertarnos afuera, lo que se complica es la agenda interna: el rechazo frontal del FR a una reforma del Código Penal encendió los enojos del kirchnerismo y llevó incomodidad a la oposición.
Pero lo
cierto es que Sergio Massa se ha convertido en un karma para Cristina
Fernández, y le ha provocado las peores rabietas de las últimas semanas.
Esa
tirria contra el líder del Frente Renovador no es patrimonio exclusivo, hay que
decirlo, de la presidenta. El tigrense pegó un formidable golpe de efecto y
dejó pagando a todos sus colegas del arco opositor cuando hizo apenas una
simple jugada de manual: ponerse del lado de la gente, y no de los
delincuentes, en su rechazo frontal a la reforma del Código Penal que impulsa la
Casa Rosada, en una orquestación cuya batuta está en manos del inefable Eugenio
Zaffaroni.
Hay que ver, si no, las volteretas
a las que el exjefe de Gabinete obligó a Mauricio Macri, quien avaló primero la
inclusión de su principal delfín, el diputado Federico Pinedo, en la comisión
redactora del anteproyecto, para ir a pararse después, y con algún sonrojo, del
lado de los buenos.
Es decir
del lado de Massa, que no hizo otra cosa que pegarle donde más le duele a un
gobierno que no sólo ignora la inseguridad -un flagelo que hoy figura al tope
de las preocupaciones ciudadanas con un 82,5% de las opiniones, según la última
encuesta de Mariel Fornoni- sino que, para peor, carece de personal idóneo a la
hora de intentar la defensa de un proyecto que claramente nació rengo, fruto de
la tozudez de una dama que todavía insiste en que sus decisiones no se
discuten.
El
lamentable Jorge Capitanich es suficiente botón de muestra de esa cadena de
errores. Se explicaría asimismo que los radicales tengan sus motivos para
lamerse las heridas por haber caído en “la trampa” de Massa: ellos aportaron a
aquella controversial comisión a su jurista más destacado, Ricardo Gil Lavedra.
Tarde pero seguro, también
terminaron posando para la foto junto al tigrense.
Un veterano operador de la Casa
Rosada sostenía el viernes pasado que el peor pecado que cometió Massa fue el
de marcarle la agenda a Cristina, que tuvo que mandar a Capitanich a
destratarlo con frases hirientes. Aunque no hubo una sola palabra para reconocer
que el proyecto del nuevo Código Penal, así como salió del horno, va en contra
y nunca favor del ciudadano de a pie que padece a diario el flagelo de la
inseguridad. Y que, para peor, ahora va a comprobar, si es que esto finalmente
avanza, que los delincuentes van salir más temprano que tarde de las cárceles.
Delicias del relato, la presidenta
comprobó al borde del soponcio que encima su idea “renovadora” sobre la
existencia de una puerta giratoria en los juzgados ya la había expresado Massa
al comienzo de sus caminatas como candidato presidencial.
Los desayunos que el tigrense le
amarga a su exjefa van por doble andarivel. Es al menos lo que reconocen a
regañadientes aquel y otros operadores políticos de Balcarce 50. Massa no le va
dejando a Cristina más remedio que elegir a Daniel Scioli como el mal menor, si
es que aspira a tener alguna chance de permitir la continuidad del modelo más
allá de 2015.
No hacerlo, en las actuales
circunstancias de un cuadro social complicado por la inseguridad, el pavoroso
avance del narcotráfico, la puja salarial desmadrada y una economía que muta
del falso progresismo kirchneriano al más ortodoxo plan que se le haya ocurrido
a Axel Kicillof, es servirle en bandeja la presidencia al líder del Frente
Renovador.
Claro que siempre habrá voces
provenientes del cristinismo más recalcitrante que propondrán que antes que
darle la cucarda de candidato al gobernador bonaerense, es mejor que en las
elecciones de octubre de 2015 gane Macri. Entonces ellos ejercerán un petardeo
desde las sombras con la suposición de que, en 2019, irán a buscarlos a El
Calafate o a donde sea.
Un análisis menos estrambótico que
circula en el gobierno sostiene que habrá que esperar y ver hasta dónde la
sociedad es capaz de enojarse, y decidir que ha llegado la hora de darle su
voto a un gobierno no peronista.
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