Miércoles 18 de Septiembre de 2013
Por Gabriel Boragina
Acción Humana
El diccionario de la Real Academia Española
define la:
“envidia.
(Del lat. invidĭa).
1. f. Tristeza o pesar del bien ajeno.
2. f. Emulación, deseo de algo que no se
posee.”
Del análisis de la anterior definición, no
resultará difícil concluir que el paradigma del envidioso es -sin lugar a dudas-
el ladrón. Es precisamente la envidia lo que lleva al ladrón a robar. Y si bien
todo ladrón es un envidioso, no todo envidioso resulta ser un ladrón. Podría
afirmarse además que, una mayoría muy importante de envidiosos no llegan al
extremo de robar por sí mismos. No nos interesan por el momento los envidiosos
que encomiendan a expertos ladrones el despojar de sus pertenencias a las
personas envidiadas, sino que concentraremos nuestra atención en ese gran número
de envidiosos que encargan a la clase política y –específicamente- al gobierno
robarles a unos para darles a otros.
Esto es precisamente lo que sucede en aquellas
sociedades donde las mayorías votan gobiernos que prometen “políticas
redistributivas” bajo rótulos sentimentalistas y psicológicamente efectivos,
como los tan popularmente machacados de “políticas sociales, de bienestar,
de felicidad, justicia social y por el estilo.
Un complejo de culpa hace que una mayoría de
envidiosos se nieguen a sí mismos esa tan deplorable condición. Dirán que no
piden cosas o beneficios para ellos, sino para los más menesterosos. Pero -como
dejamos dicho- esta forma de expresarse (o de pensarse) es un autoengaño, y una
manera de intentar descargarse culpas o proyectarlas en otros que, quien no
quiere reconocerse a sí mismo como envidioso, instrumenta en su “defensa” cuando
quiere convencer a otros de ello, o en su autodefensa cuando a quien procura
persuadirse es a sí mismo. Pedir que otros roben para otros en nuestras
sociedades modernas hasta puede llegar a sonar “humanitario” y “respetable” y,
por supuesto, forma parte de lo political correctness.
Lo cierto es que, todos aquellos que votan
plataformas políticas que promueven “políticas sociales” de reparto o
redistribucionistas, creen que mediante tales políticas “todos” saldrán
beneficiados, incluyendo el propio votante en cuestión y más allá del error de
tal obrar. Es decir, quién vota así, también espera recibir alguna porción o
tajada (mayor o menor) del redistribucionismo. Y ello, por mucho que lo niegue y
que insista que vota en ese sentido “por el bien de los demás”. Y si, en el
fondo de su alma, obra de tal manera porque cree que él (o ella) también saldrá
beneficiado en ese reparto, es porque sufre de alguna dosis de envidia, por poca
o mucha que está en realidad fuere.
El blanco preferido de la envida es, por
supuesto, la propiedad privada:
“Pervive, sin embargo, no obstante tanta
persecución, la institución dominical. Ni la animosidad de los gobernantes, ni
la hostilidad de escritores y moralistas, ni la oposición de iglesias y escuelas
éticas, ni el resentimiento de las masas, fomentado por instintiva y profunda
envidia, pudieron acabar con ella. Todos los sucedáneos, todos los nuevos
sistemas de producción y distribución fracasaron, poniendo de manifiesto su
absurda condición.”[1]
La envidia, asimismo, es una de las causas de
los nacionalismos:
“El resentimiento y la envidia como una de las
causas de los nacionalismos también explican el caso de no pocos
latinoamericanos; dice Carlos Rangel que “Una manera menos objetable que la
exaltación de la barbarie como lo auténtico y autóctono nuestro, pero igualmente
deformante como manera de vernos y autojustificarnos los latinoamericanos, es
suponer y sostener que tenemos cualidades espirituales místicas que nos ponen
por encima del vulgar éxito materialista de los Estados Unidos. Y esto a pesar
que durante toda nuestra historia independiente, hasta la aparición tardía del
marxismo entre nosotros, habíamos sido deudores casi exclusivamente de los
EE.UU. por nuestras ideas políticas y nuestras leyes; y si no por la práctica,
por lo menos por la retórica de la democracia y la libertad”.[2]
Igualmente, es la envidia la que promueve y
mecaniza las políticas fiscales:
“Más que un impuesto, la sobretasa progresiva
es un disuasivo a la inversión, dictado en beneficio de las carreras políticas
de los demagogos. E inspirados en el innoble sentimiento de la envidia, motor de
la ideología socialista. Análogo es el impuesto a los artículos “de lujo”: el
rico no deja de comprar su yate por el impuesto al lujo, simplemente reajusta el
precio de aquello que vende.”[3]
Para el profesor S. Mercado Reyes, hablando del
nacimiento de los burgueses:
“Forman poco a poco todo un movimiento social
pues su laboriosidad, su ir y venir para todos lados les llega a dar la imagen
de gente que acumula riquezas y se hacen presa de la envidia de los señores
feudales que empiezan por imponerles impuestos o a negarles el permiso de vender
o producir en los feudos del rey. Pero el movimiento de estos burgueses es
imparable, así que la vieja corriente centralizadora debe tomar nuevo maquillaje
y ahora se presentará como la reivindicadora de las clases pobres. Este nuevo
maquillaje de la vieja corriente centralizadora, feudal tomará el nombre de
socialismo.”[4]
En otras palabras, el sentimiento de la envidia
estuvo presente casi siempre, desde los señores feudales, pasando por los
socialistas, nacionalistas y –como dice L. v. Mises más arriba- ” los
gobernantes,…escritores y moralistas,…iglesias y escuelas éticas,…el
resentimiento de las masas”. Es decir se encuentra más generalizado de lo que
muchos parecen creer que lo está.
En fin, los envidiosos son tantos que, su
número explica el éxito electoral de los populismos e intervencionismos que
asolan el mundo de nuestros días generando más y mayor pobreza donde sin ellos
la riqueza rebosaría por doquier.
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