29/04/2019
La alegría, la tragedia y el libro de CristinaCFK representa un liderazgo carismático. Brota desde su guionada soledad.
Sinceramente, el libro de Cristina Fernández de Kirchner.
Foto: AFP
Miguel WiñazkiLa felicidad que produce la crisis es palpable. Hay un entusiasmo flagrante, abierto y manifiesto en sectores encantados con la década K porque la inflación no cede y porque la malaria crece. La alegría de los que sueñan con volver se potenció con la oportuna aparición de “Sinceramente”, el libro de Cristina Fernández, una reivindicación del imperio tranquilizador de la teoría conspirativa, esa llave que abre las compuertas de todas las paranoias y del narcisismo político tan conocido.
En el libro, la autora se refiere a sí misma y a sus recordadas cadenas nacionales como la evidencia de que el país era gobernado por “una presidenta que hablaba sin leer, de corrido, con un vocabulario muy amplio, con un hilo conductor de principio a fin y sin equivocarse, que era motivo de orgullo para los argentinos y las argentinas. ‘Qué sé yo’-dice-... En el exterior llamaba la atención y eran motivo de admiración”.
Ese ‘Qué sé yo’, insertado como una pausa en el auto elogio, es la impronta de ese coloquialismo que simula modestia y cercanía y completa el cuadro psíquico de la arrogancia humilde, un oxímoron habitual en la ajetreada historia del poder latinoamericano. Escribió Alejo Carpentier en “El Recurso del Método”:
“…Librado del adversario, regresó el Primer Magistrado a la capital, para recibir, entre arcos de triunfo … banderolas y guirnaldas de papel, los títulos de “Pacificador”, y “Benemérito de la Patria”, otorgados por las Fuerzas Vivas de la Industria y del Comercio, el Obispo Metropolitano en su púlpito…y la prensa, en sus páginas. En un discurso de muy elevados conceptos afirmó el Presidente, modesto, que no merecía los elogios que tan generosamente le prodigaban sus compatriotas…”
En su libro Cristina revela algo que le dijo al papa Francisco en Roma, refiriéndose justamente a la relación entre Néstor Kirchner y el entonces cardenal Jorge Bergoglio: “En el fondo, creo que la Argentina era un lugar demasiado chico para ustedes dos juntos”.
Sin palabras.
Cristina exalta un gesto de Vladimir Putin. Cuenta que el autócrata le regaló en Moscú “¡Una carta original de San Martín a O´Higgins!” La epístola habría recorrido un extraño derrotero histórico y geográfico, y los rusos, según Cristina, la habían comprado en Nueva York, para luego entregárselo obsequiosamente a ella, allí en Moscú. Y ella se saca el sombrero agradecida. Concluye: “¡Mamita! ¡Putin chapeau!” Ese “Mamita” es del habla popular. El lenguaje canchero borra para su feligresía el bochorno de la corrupción.
La política es el juego de las identidades escénicas, es el ámbito del histrionismo, de la teatralización, de la representación activa de lo que se quiere exhibir.
Cristina Fernández sabe convocar desde sus tragedias. Las exequias populares de su difunto esposo, la muerte de su madre y el viaje a Cuba a ver a su hija Florencia en simultáneo son ejemplos del manejo maestro de una intensidad emocional que ella comunica con naturalidad y con eficiencia.
No se entiende la psicología de Cristina ni tampoco la persistente adhesión a su figura, sin aludir a su otro rostro en el poder: El.
Murió Néstor Kirchner. Y Cristina se quedó sola. Pero siguen juntos. Uno a cada lado del muro de la parca.
Ella ya no viste de negro, pero en el texto administra muy bien el clima de resurrección. Néstor no se murió.
Él, el muerto, es omnipresente en el best seller de Cristina, este volumen no literario y de campaña que será la estrella de la Feria del Libro politizada.
Es la semiótica de la necropolítica, que se despliega en la evocación épica de su marido beatificado en el recuerdo.
Ella representa un liderazgo carismático, auroleado por las tragedias y las injusticias que dice sufrir, por Florencia enferma, por Máximo perseguido.
Cristina hacer brotar carisma desde su guionada soledad espectacular.
La Argentina se apronta para ese Superclásico; la gran final entre la seducción carismática de Cristina Fernández y el anticarisma por el que transita con tanta naturalidad Mauricio Macri.
“Sinceramente” es un tesoro textual que permite ahondar en la mentalidad de Cristina Fernández pero también en la psiquis colectiva de millones que sintonizan la vida como ella. De hecho, puede volver. Su libro es un retorno a las palabras después de muchos silencios.
Y sus palabras siguen convocando la atención masiva.
Cristina considera en el libro que fue estigmatizada como “La Yegua”.
“Para ellos soy la yegua”. Ellos son todos las que no la quieren. Es un anacronismo.
“La Yegua” fue el epíteto rudimentario y resentido con que los antiperonistas primarios insultaban a Eva Perón.
Eva es un mito, aquellas descalificaciones sexistas la agigantaron.
Pero Eva ya fue, y Cristina hundió sinceramente sus manos en la corrupción.
No es Eva, aunque quisiera.
LA NACION
1 de mayo de 2019
El libro de Cristina Kirchner: un repaso de sus odios
LA NACION
Dejemos a un lado el estilo y la redacción del libro deCristina KIrchner . Definitivamente, el destino de ella no es el de escritora. Pero tiene un pasado y un presente como figura política, y podría tener también un futuro. Entre la confusión y el silencio que lo precedieron, el libro tiene un mérito destacable: desmiente a todos los voceros oficiales y oficiosos de la expresidenta. Los que hablaron de una Cristina más buena, menos confrontativa, más comprensiva y dispuesta a reflexionar sobre los errores del pasado, estaban describiendo una construcción personal (la de los voceros) que nada tiene que ver con la Cristina actual. Cristina es Cristina, con sus mismas filias y fobias, con sus mismas obsesiones, con el mismo rencor de siempre y los mismos enemigos reales o imaginarios. Leer " Sinceramente " es como escuchar a la expresidenta durante diez cadenas nacionales seguidas. Todas pertenecientes a la época en que explayaba sus prejuicios, su visión conspirativa de la vida y la historia y sus descalificaciones personales y políticas contra el periodismo, contra la Justicia y contra los productores rurales, entre otros. No ha cambiado nada.
Otro mérito del libro es el de advertir a los incautos que la segura candidata presidencial será más vengativa que la que conocimos si llegara a acceder al poder. Cultivó el rencor y la venganza cuando tenía pocas cosas para reprocharle a la vida. Como ella bien recuerda, fue diputada provincial, diputada y senadora nacional, primera dama del país y dos veces presidenta. ¿Qué daño moral o psicológico había sufrido y de parte de quién para que primara más el resentimiento que el agradecimiento a la vida? No lo sabemos, pero fue como fue. En los tres años y medio sin poder debió, en cambio, hacerse cargo de las numerosas investigaciones por hechos de corrupción de su gobierno. El periodismo independiente y la Justicia siguieron esos casos y expusieron, con testigos de su propio entorno y de empresarios que aceptaron el sistema de sobornos, un método para robar que se extendió durante los doce años de kirchnerismo. Ahora tiene muchas más razones que antes para sembrar el odio y para imaginar el escarmiento. Es interesante hurgar en el libro para establecer cuándo comenzó el odio entre los argentinos y quiénes lo instruyeron con más eficacia. Sin duda, Cristina fue siempre la candidata ideal en el proyecto de Mauricio Macri para competir este año por la presidencia. Se recuerdan, sin embargo, pocas alusiones públicas del macrismo para descalificar a las personas del cristinismo y a la propia Cristina. Fue durante el período de poder de Cristina cuando el odio se convirtió en una herramienta legítima de la política. Muchas personas públicas, antikirchenristas o críticas del cristinismo, debieron elegir un virtual exilio interno para no verse escrachadas en el espacio público por los seguidores de la expresidenta. El escrache, ese método propio del fascismo de señalar e insultar a una persona en la vía pública por lo que es o por lo que piensa, fue entonces (¿lo sigue siendo?) un recurso habitual del cristinismo. Cristina no hace otra cosa en su libro que agrandar el "ellos" y encoger el "nosotros". La grieta es una estrategia electoral del macrismo. En el cristinismo, está incrustada en él, forma parte de su mapa genético. Esa es la diferencia, aunque hay también un sector social no menor que practica el odio hacia el cristinismo y que, a veces, se cruza con los seguidores del macrismo.
Otro mérito del libro es el de advertir a los incautos que la segura candidata presidencial será más vengativa que la que conocimos si llegara a acceder al poder
En una persona política que siempre descubre la perfección cuando se mira en el espejo (y eso es evidente en el libro), no es de extrañar que sus principales enemigos sigan siendo los periodistas y los medios periodísticos. Más de un centenar de veces alude peyorativamente al periodismo independiente ("medios de comunicación hegemónicos", "sicarios mediáticos", "la construcción comunicacional", "una sociedad absolutamente mediatizada", "un pobre público indefenso ante los medios", "estupidez inoculada por los medios", "las páginas descartables de muchos diarios", entre otros martillazos nada novedosos) en un libro de 600 interminables páginas. El Grupo Clarín es el que se lleva más páginas y alusiones; lo sigue LA NACION, pero tampoco se olvida de la Editorial Perfil. Nunca entiende al periodismo como una institución de la democracia ni como un recurso indispensable de la sociedad para saber lo que hace -o no hace- el poder. El periodismo y los medios periodísticos son siempre para ella simples empleados. O de ella o de corporaciones empresarias maléficas. Su combate, como bien se vio con la ley de medios, es por quién controla a ese institución fundamental de la libertad. Llama la atención, con todo, que lo culpe a Macri de poner presos a los dueños de medios opositores a él. Sin nombrarlos, alude a Cristóbal López y a Fabián de Sousa, que efectivamente son dueños de canales de televisión por cable y de radios. Y es cierto que están presos, pero no por ser dueños de esos medios, sino porque se quedaron con 15.000 millones de pesos del Estado. Como agentes de retención del Estado, habían cobrado impuestos a las naftas, por ejemplo, y no le entregaron el dinero a la Afip. No hace ninguna referencia a ese multimillonario juicio por evasión impositiva. El libro de Cristina está lleno de tales manipulaciones.

La nube de palabras del libro "Sinceramente"
Otra de sus obsesiones es la Justicia o, para decirlo en palabras de Cristina, el "partido judicial". En el podio, el más execrado entre todos es sin duda el juez Claudio Bonadio , a quien directamente califica de "sicario judicial". Protesta porque no le aceptaron su recusación de Bonadio por "enemistad manifiesta de él hacia mi y de yo hacia él". No se conoce ninguna expresión del juez, más allá de sus sentencias, que respalden esa "enemistad manifiesta" del magistrado contra Cristina. Resulta improcedente desde todo punto de vista que se acepte una recusación porque la persona imputada siente una "enemistad manifiesta" contra el juez que le tocó. Si se aceptara ese criterio, no habría juez en condiciones de juzgar a Cristina, salvo los que militan en su cofradía de Justicia Legítima. Es inadmisible que una "abogada exitosa" (como ella misma vuelve a calificarse en el libro) ignore esa regla básica del derecho. La Justicia debe reformarse y democratizarse, insiste. La democratización está, según ella, en la ley de reforma de la Justicia que la Corte Suprema declaró inconstitucional. Era una maniobra para llenar de cristinistas al Consejo de la Magistratura y, por lo tanto, a la Justicia. De aquella resolución de la Corte Suprema, dice que el "Poder Judicial rechazó su propia democratización". Tampoco se olvida de la Corte.
En una persona política que siempre descubre la perfección cuando se mira en el espejo (y eso es evidente en el libro), no es de extrañar que sus principales enemigos sigan siendo los periodistas y los medios periodísticos
Víctima de "la elite más rica de la Argentina", como se define, Cristina garabateó un libro que es también un panfleto contra los empresarios en general y contra los productores agropecuarios en particular. No perdonó nada ni a nadie. Las "patronales rurales" son las culpables de la guerra con el campo en 2008 y la derrota de ella fue la "restauración conservadora". Aunque lo señala a Martín Lousteau como el autor exclusivo y excluyente de la resolución 125 , concluye que la lucha del campo contra sus arbitrariedades fue "absolutamente destituyente". Pero hace otro aporte a la sinceridad cuando señala que esa guerra fue también "absolutamente fundante para definir el perfil del gobierno". Es decir, hubo un antes y un después de la guerra con el campo, y el después fue mucho más radicalizado. Lo sabíamos todos, pero ella lo confirma ahora. Si bien la comparación con Macri aparece constante en el libro, es en el capitulo dedicado al conflicto con los productores rurales donde subraya más el contraste. Ella, la abanderada de la lucha contra el poder económico concentrado. Él, un simple muñeco de esos vastos e indefinidos poderes. Hay contra Macri un odio de clase evidente, un rencor infinito porque tiene el apellido que tiene. Lo dice sin disimulo. Por lo demás, no hay empresarios argentinos que puedan compararse con José Ber Gelbard y, por lo tanto, ninguno sirve. Su reloj atrasa medio siglo.

El libro de la expresidenta agotó su primera tirada en pocas horas
No se olvida ni del abuelo de Federico Pinedo ni del bisabuelo deHoracio Rodríguez Larreta . Por supuesto, tanto uno como otro actúa hoy según esos mandatos centenarios dictados por una determinada clase social. Resentimiento en estado puro, que ella no esconde ni hace el esfuerzo de ocultarlo. Uno de sus héroes es Putin("tiene mirada histórica y estratégica"), aunque el líder ruso es uno de los déspotas más importantes del mundo. Putin está acusado de haber instigado la persecución, la cárcel o la muerte de opositores y periodistas. Cristina no se detiene en eso. O se detuvo y no le pareció mal. Desde ya, sus otros líderes paradigmáticos son Hugo Chávez y Rafael Correa . Los dos han sido denunciados dentro de sus propios países por haber creado un sistema político autoritario y asfixiante para la prensa libre, para los empresarios independientes y hasta para los sindicatos que no se disciplinaron. Programa y modelos coinciden. Es un último acto de sinceridad: el autoritarismo kirchnerista regresará con ella, si es que regresa.
Por: Joaquín Morales Solá
30 de abril de 2019
"Sinceramente" es una oda al autoritarismo
Siceramente, el libro de Cristina Kirchner (@hvescudero)
Por Jorge EnríquezEl 10 de diciembre de 2015 ocurrió un hecho inédito en la democracia argentina: la presidente saliente, Cristina Fernández, no participó de la ceremonia de asunción del mando por parte del presidente electo, Mauricio Macri, en la que este recibe de aquella los atributos del mando: la banda y el bastión.
Es cierto que solo se trata de una tradición. Ni la Constitución ni las leyes disponen que sea un acto obligatorio. De hecho, el nuevo presidente asume su cargo antes de esa ceremonia, en el Congreso, ante la Asamblea Legislativa. Pero es una costumbre tan arraigada, en un país de débil apego a la institucionalidad, como el nuestro, que merece ser respetada, sobre todo porque conlleva un mensaje de hondo simbolismo republicano.
¿Cuál fue el motivo de la ausencia de Cristina Kirchner? Ella y sus voceros dieron en aquella oportunidad explicaciones muy confusas. Decían que todo el acto debía ser llevado a cabo en el Congreso, que eso es lo que disponía la Constitución. Macri, con buen criterio, no aceptó modificar, sin ningún fundamento válido, lo que constituía una práctica constante a lo largo de la historia.
Era evidente, de todas formas, que los argumentos del kirchnerismo no eran los reales motivos de ese pequeño escándalo que hasta derivó en una acción judicial para que se fijara el instante preciso en el que finalizaba una presidencia y comenzaba la otra. El propósito era deslegitimar desde el inicio al nuevo presidente. No podía haber continuidad democrática. La democracia era kirchnerista o no lo era. Lo que se avecinaba solo podía interpretarse como un paréntesis, un error del pueblo que pronto se repararía.
Tres años y medio más tarde, la propia Cristina Kirchner termina dándonos la razón a quienes sosteníamos esa interpretación. En su reciente y muy publicitado libro, que se titula (acaso con sarcasmo) Sinceramente, escribe: "Muchas veces, después del ballotage, pensé en esa foto que la historia finalmente no tuvo: yo, frente a la Asamblea Legislativa, entregándole los atributos presidenciales a… ¡Mauricio Macri! Lo pensaba y se me estrujaba el corazón. Es más, ya había imaginado cómo hacerlo: me sacaba la banda y, junto al bastón, los depositaba suavemente sobre el estrado de la presidencia de la Asamblea, lo saludaba y me retiraba. Todo Cambiemos quería esa foto mía entregándole el mando a Macri porque no era cualquier otro presidente. Era Cristina, era la 'yegua', la soberbia, la autoritaria, la populista en un acto de rendición".
La confesión de una mentira tan escandalosa parece no despertarle ningún escrúpulo. No solo engañó a Macri, sino a todos los argentinos, demostrando una vez más que su palabra no tiene ningún valor. ¿Por qué habríamos de creerle ahora que en una eventual tercera presidencia sería moderada, abierta, republicana?
Pero el episodio es revelador, además, de una concepción del poder profundamente autoritaria, que es común en los populismos latinoamericanos. Los líderes de esta corriente se consideran a sí mismos por encima de la ley. Ellos son la encarnación del pueblo, aunque el verdadero pueblo diga en las urnas otra cosa. Por eso, no pueden admitir que no son más que una circunstancia en la historia de sus países, ni pueden comprender la hermosa muestra de civilidad republicana que es la imagen de un traspaso del poder de un partido a otro de manera pacífica y respetuosa.
La democracia liberal se nutre de la diversidad y de la alternancia. Cristina Kirchner acaba de reconocer, por si algún distraído aún no lo había advertido, que prefiere el autoritarismo.
El autor es diputado nacional de CABA (Cambiemos-PRO).
HOY MÁS QUE NUNCA, JUNTO A VENEZUELA LIBRE

La Misère Porc
29/04/2019
En su libro, Cristina jamás dice ser abogada ni haberse recibido
En esto sí fue “sincera”
Por Diego Goldberg
Mucho se ha dicho ya sobre el libro de Cristina Kirchner, el ya best seller“Sinceramente”.
En Tribuna de Periodistas hemos contado todo lo que omite y todas las falsedades que ha escrito allí.
Y cuanto más lo leemos, más nos sorprendemos. Porque no dejan de aparecer revelaciones.
Ahora, gracias al aporte del lector Carlos Flores, aparece un nuevo hallazgo: en su obra Cristina, no solo no menciona ser abogada, sino que apenas sí refiere que “realizó estudios de abogacía en la Universidad de La Plata”.
Es pertinente contarlo toda vez que el director de este portal, Christian Sanz, ofrece desde el año 2007 la suma de 10 mil dólares a quien pueda mostrar copia del diploma de Cristina o su foto de graduación.
Sepan que, aunque muchas personas pidieron ser parte del reto, ninguno pudo conseguir jamás ninguno de los dos elementos. Ergo, tampoco pudo cobrar jamás el premio ofrecido.