lunes, 2 de noviembre de 2015

Cristina versus Macri

LA COLUMNA DE LA SEMANA

Cristina versus Macri

Por Luis Domenianni

                La desesperación suele ser mala compañía. Y desesperación es, por estos días, cuanto muestra el candidato presidencial del oficialismo K, Daniel Scioli.

                Una desesperación que lo lleva a calificar a su contrincante en la segunda vuelta del 22 de noviembre próximo como jefe de la Alianza y a atribuirle responsabilidad indirecta en el fallo del juez Thomas Griessa quien elevó el monto de la deuda argentina en default a 8.000 millones de dólares.

                No es casual, ni mucho menos producto de la inventiva del saliente gobernador de la provincia de Buenos Aires. Es puro acatamiento, liso y llano, de las directivas que emanan de la Casa de Gobierno y que porta el candidato a vicepresidente Carlos Zannini.

                Tras el pésimo resultado electoral y la ruidosa derrota kirchnero-sciolista en la provincia de Buenos Aires, el entorno del gobernador imaginó una doble perspectiva, tanto para seguir en carrera como para, llegado el caso, retirarse.

                Esa doble perspectiva indicaba, por un lado, culpabilizar por el resultado electoral a la derrota de Aníbal Fernández en la provincia de Buenos Aires y, por el otro, encarar la segunda vuelta con un casi total grado de independencia frente al kirchnerismo.

                El primer punto no parecía presentar demasiados problemas. Era casi objetivo. Cualquiera sabe que se produjo un extraordinario corte de boletas a favor de María Eugenia Vidal y un no tan extraordinario corte en contra de Aníbal Fernández.

                Instalar que ganó Vidal porque Fernández era un mal candidato no resultaba complejo. Bastaba con soslayar que el “alza” de Vidal fue mucho más pronunciada que la “baja” de Fernández. Y con ignorar cualquier vinculación entre el resultado electoral en la provincia de Buenos Aires con la muy mala calificación que, por lo general, ameritan los ocho años de gobierno Scioli.

                Scioli y su entorno contaban, además, con un enojo presidencial que, por una vez, no los visualizaba. Fue por la demora en dar a conocer los resultados electorales, la noche del domingo 25 de octubre.

                Esa demora, que casi todo el mundo del análisis político atribuye a un capricho de Cristina Kirchner, fue producto del consejo de Aníbal Fernández que solicitaba espera presidencial hasta que la tendencia se revirtiese a su favor, en la provincia.  
         
                Vinculado a ello, está el papelón de horas más tempranas, cuando en la señal de televisión K propiedad del enriquecido empresario “amigo” Cristóbal López, un periodista militante anunciaba el “triunfo de Daniel Scioli por amplio margen” y proclamaba a Aníbal Fernández como “gobernador de la provincia de Buenos Aires”.

                Cristina Kirchner se enojó con Aníbal pero fue un enojo que duró poco y nada. Es que, ella –centro del mundo, claro- prácticamente no pagó ningún costo por ello y pudo, luego, “restregar” la limpieza de los comicios como una forma de relativizar los sucesos de Tucumán.

                En realidad, ocurrió lo contrario. Gracias a lo de Tucumán, los intentos de fraude quedaron limitados. Pero no fue solo porque se extremó la vigilancia, sino porque desde el gobierno no fueron impulsados. Entre otras cosas, porque Cristina Kirchner no estaba dispuesta a pagar el precio por favorecer a Scioli

                El enojo central, serio y trascendente, de la aún presidente fue cuando confirmó que, dentro de la táctica sciolista para encarar la segunda vuelta, figuraba una separación del kirchnerismo que lo llevaba hasta la cuasi negación del universo K.

                La eventual “traición” sciolista superaba los límites de lo tolerable y Cristina Kirchner decidió actuar en consecuencia.

                Conocedora como nadie de la predisposición sciolista de aceptar cualquier cosa con tal de alcanzar el objetivo presidencial, Cristina Kirchner decidió en cinco minutos resolver la disputa con Aníbal Fernández y enviar un “ukase” al maltrecho candidato oficialista.

                A Fernández lo envió a Tucumán a la asunción de Juan Manzur como gobernador en lo que fue la mayor demostración de poderío de la liga de gobernadores peronistas con su secuela de aviones estacionados a un costado de la pista tucumana.

                Y allí, en Tucumán, Fernández se abrazó con Scioli, en un abrazo que en nada benefició a Scioli y que en nada comprometió a Fernández.

                ¿Por qué Scioli aceptó ese abrazo de quien hasta 24 horas antes su entorno culpabilizaba por la muy mala elección?

                Porque detrás de ese abrazo se ocultaba la amenaza fatal. La que, esa misma mañana, le propinó a Scioli, su candidato a vicepresidente, el ultra K Carlos Zannini.

                “Apenas me dé cuenta que torciste el rumbo, aunque más no sea por dejar de defender al gobierno de Cristina, renuncio a la fórmula” fue el anatema que pronunció Zannini, obviamente acordado de manera previa con Cristina y probablemente con Máximo Kirchner.

                No es difícil imaginar el estremecimiento que recorrió la humanidad de Scioli. La amenaza, obviamente, no consistió en un renunciamiento de Zannini. A buen entendedor, pocas palabras, no significó otra cosa que el retiro del apoyo K.

                Como siempre, Scioli acató. El precio a pagar por la independencia era el desamparo. Y sin el amparo K su candidatura, ahora, no vale nada.

                No fue hora por tanto de mostrarse digno. En realidad, para Scioli, no lo es ahora, ni lo fue nunca. Scioli se comprometió pues a segur los lineamientos que, de aquí en más, hasta el 22 de noviembre, trace Cristina Kirchner.

                Lineamientos que implican, por sobre todas las cosas, la defensa del modelo, es decir del gobierno K.

                El tono y el contenido fue el que empleó Cristina Kirchner en su alocución televisiva de la semana que acaba de finalizar. Fue lo de siempre salvo el párrafo dedicado a María Eugenia Vidal, que pasa a ser utilizada como la explicación práctica del acatamiento cristinesco a los dictados populares. La manipulación por “contrario sensu”.

                Y entonces el enemigo que queda, en la lógica binaria del kirchnerismo, es Macri que representa todo lo malo frente a todo lo bueno que es “lo K”. Es decir, ella.

                De esta manera, Cristina Kirchner se sitúa, de nuevo, en el centro de la escena que Scioli es incapaz de ocupar. Lo desplaza como tantas veces lo hizo al rol secundario. Al de “chirolita” que emplea argumentos demostrativos de una particular pobreza intelectual.

                Allí va entonces Scioli a calificar a Macri de jefe de la Alianza, a ver si le puede endilgar aquel fracaso al que Macri, por aquel entonces, solo vio por televisión.

                Allí va entonces Scioli a inventar una especie de traición a la patria de Macri porque su mera existencia es suficiente para motivar el fallo del juez Griessa.

                Allí va entonces la beneficiada con empleos familiares –no electorales- Estela de Carlotto a la que le dictaron el argumento que un triunfo macrista implica la liberación de los represores de la dictadura.

                 Y allí coinciden todos los que un día antes reclamaban al candidato, independencia de criterio y alejamiento del compromiso K.

                Con un mísero anatema Zannini puso la casa en orden. Cristina Kirchner ni se dignó a formularlo ella misma. No hizo falta. Scioli no está a su altura. Es lo que intentó demostrar y lo que demostró.

                Ahora, todo se resume a Macri o Cristina ¿Y Scioli? Solo le queda cumplir el rol de ultra montano. O sea, ser más cristinesco que Cristina.
Macri
                Del otro lado, hay confianza. El resultado fue mucho mejor que el esperado. Nadie imaginó un segundo lugar a solo dos puntos y medio del candidato oficialista. 

Y nadie imaginó, al menos hasta la PASO, un histórico triunfo de María Eugenia Vidal.

                Hay confianza pero no exceso de confianza. Por ejemplo, aunque trascienden nombres de futuros integrantes de gabinete, solo se trata de los probables números puestos o de operaciones mediáticas de algún interesado.

                A saber, la cuestión ministerial queda pospuesta hasta después del 22 de noviembre. Es que una cosa es con un triunfo nacional y otra muy distinta si ocurre lo contrario.

                Si el triunfo nacional se produce, será Mauricio Macri el privilegiado en elegir los primeros nombres que integrarán un gabinete ministerial. El suyo, claro. Agotada la instancia nacional, recién comenzarán a ser completados los casilleros de la provincia y de la ciudad de Buenos Aires.

                Y eso es prudencia. O sea no exceso de confianza. Nadie ofrece nada porque aún resta una elección más que, justamente, es la más importante.

                La campaña de Cambiemos reinicia el lunes 2 de noviembre. Consistirá en desplazamientos del candidato por el interior del país, algo que rindió buenos frutos a partir del achicamiento de las diferencias tanto en el NOA como en el NEA.

                La novedad será Vidal que no solo acompañará a Macri por la provincia de Buenos Aires, sino que aparecerá junto al candidato a presidente en otros distritos. Hoy por hoy, Vidal pasó a ser la joya de la corona y hay que mostrarla.

                La circunstancia demandará un desdoblamiento de la gobernadora electa de Buenos Aires. Deberá sumar campaña a su imprescindible trabajo de preparar el futuro gobierno.
                Pero además, se ocupará –ya se ocupa- de contestar las puestas a prueba a la que intentará someterla el desplazado peronismo provincial.

                En rigor, la generalización es incorrecta. No son pocos los intendentes justicialistas electos que le hicieron llegar su felicitación y que se preparan para la convivencia. Los de Lomas de Zamora, Almirante Brown y La Matanza, así lo hicieron.

                Inclusive en una reunión que se llevó a cabo en Berazategui entre intendentes –actuales y electos- de La Cámpora con Máximo Kirchner, la cuestión provincial no fue motivo de conversación. Y todo se limitó a la explicación de la relación actual con Scioli, en función de la campaña electoral.

                Pero están los otros, los que intentan llevar adelante desde el vamos ensayos sobre la gobernabilidad del país y de la provincia. Fue, por ejemplo, el caso del intendente de Ensenada, Mario Secco, y al que Vidal le respondió con una amenaza de denuncia penal.

                “Si quieren jugar fuerte, yo no me achico” fue la traducción de la respuesta de la gobernadora electa. Sonríe mucho, pero no es carácter lo que le falta.

                Por ahora, en el capítulo de preparación del nuevo gobierno, se trabaja más sobre temas que sobre nombres.

                No obstante algunas cosas están encarriladas. Por ejemplo, la relación con el socio radical.

                Primero fue el acuerdo intra radicalismo. No habrá dispersión de pedidos. Todo quedará centralizado en interlocutores únicos. Será Ernesto Sanz en la Nación y será el vicegobernador electo, Daniel Salvador, en la provincia de Buenos Aires.

                El mecanismo no solo fue acordado entre los interesados. Le fue planteado al PRO y todo quedó cerrado. Por ahora, sin nombres pero con la certeza de quienes están en condiciones de acercarlos.

                En cuanto a temas, además de los de la campaña –educación, infraestructura, salud, seguridad, narcotráfico- se inscribe con letras mayúsculas el de Presupuesto. El “destape” de la olla provincial augura, como mínimo, un déficit de 15.000 millones de pesos. Una enormidad.

Massa

                Es temprano aún, pero las primeras encuestas auguran un triunfo de Cambiemos para la presidencial del 22 de noviembre. Ese triunfo de Cambiemos se centra en lo que deciden los votantes de Sergio Massa.

                Confirman que, con excepción de una mínima parte que ya decidió votar en blanco, dos tercios del total se inclinarían a votar por Mauricio Macri y solo un tercio lo hará por Daniel Scioli.

                Tal vez, estos números preliminares, no muy confiables por ciento, hayan influido sobre el ex candidato presidencial para formular sus anuncios a favor del “cambio”.

                En rigor, mucho más que cualquier guarismo, influye la situación y el futuro del propio Massa.

                Primero, hay que tener en cuenta la edad del ex intendente de Tigre. Cronológicamente esta en edad de disputar varias presidenciales futuras.

                Segundo, es pertinente el análisis político. Con un triunfo de Scioli, Massa queda no solo desdibujado, sino vaciado de votos. En ese caso, sus votantes no son sus votantes, sino peronistas que nada imaginan fuera de su universo.

                Massa no solo sabe que esto no es así, sino que debe evitar que se materialice. El rol que se imagina a sí mismo es el de jefe de la oposición a Macri. No el de un opositor salvaje, sino el de un hombre de Estado responsable

                En esa posición, sus dos principales adláteres lo acompañan. Se trata de José de la Sota y Roberto Lavagna. No así, quien fuese su candidato a gobernador provincial Felipe Solá, de momento, sin rol en la conducción de UNA.

                La primera prueba de oposición responsable, por parte del massismo, deberá quedar demostrada en la constitución de las autoridades legislativas, tanto en la Nación, como en la provincia de Buenos Aires


                Allí, los bloques de UNA decidirán si acompañan a los vencedores electorales o si optan por las piedras en el camino.

Gracias al envío del Amigo MIGUEL M.

No hay comentarios:

Publicar un comentario