Con el agua al cuello
19 agosto, 2015


Por Gabriela Pousa
De repente, como si la Argentina se limitara a una virtualidad desconocida,
todo lo que pasa no halla empatía con lo que dicen que pasa. La triste
escisión entre el discurso y la realidad hace mella a punto tal que, “ser” o
“parecer” se dirimen en polémicas vanas.
Una cosa es lo que vive el ciudadano a diario, y otra muy distinta es la
agenda que impone el aparato comunicacional de Cristina para la campaña
proselitista. El problema actual pasa por las inundaciones y la falta de
obras de infraestructura, pero el candidato oficialista pretende que debatamos
el rol de los tuiteros. Solo importa encontrar culpables que no sean
ellos.
En ese contexto, Daniel Scioli surge como un personaje shakespereano
debatiéndose entre ser o no ser aquello que ha tratado denodadamente de parecer.
¿Cuál es el verdadero Scioli: el moderado y conciliador, o el kirchnerista
enmascarado?.
Es posible que en el interior de sí mismo sospeche que el kirchnerismo ya no
le aporta mucho a su futuro político, pero el problema no radica en
discernirlo a conciencia sino en el lapidario calendario que indica cuán tarde
es para dejar de ser, y empezar a parecer según la conveniencia.
No es Mauricio Macri ni ningún otro político el conflicto, no hay palos en la
rueda para el gobernador que no sean puestos por sus propios socios. Scioli
duerme con el enemigo. Para llegar a vestir el traje de candidato presidencial
cedió hasta la dignidad, construyó con kirchnerismo su escalera al objetivo.
Deshacerla le implicaría caer al vacío.
El ex motonauta usó y se dejó usar creyendo que el fin justifica a los
medios. Hoy está cosechando su siembra, y descubriendo que los fines
obtenidos dependen de la naturaleza de los medios empleados. De ese modo, si
obtuvo la candidatura kirchnerista es porque se valió de medios y metodología
kirchneristas. Si utilizó chocolate para hacer un bizcochuelo imposible que
salga del horno luego, uno de naranja o de vainilla. De la nieve no sale el
fuego.
Aunque el gobernador tenga ahora la certeza del fracaso que implicó la década
robada y la no gestión, nada podrá hacer que no deje ver el tinte de esa
esencia, porque es la esencia de la que se nutrió. Tarde o temprano, el
moderado y equidistante iba a terminar ofuscado y negador como lo está hoy. Ya
no es con esfuerzo, con fe, con trabajo como se sale de este estado. Ahora es
negándolo, buscando culpables afuera, y denunciándolos.
Poco conveniente resultó el modo elegido por el gobernador para congraciarse
con la gente. La confianza, la fe, el esfuerzo se pulverizaron antes de la
elección. La pregunta que cabe entonces es si acaso podrá “seducir” a ese
electorado independiente del que pretendía hacerse previo a las PASO, pero
también cómo mantendrá a quien ya lo había votado.
En rigor, el candidato del FPV empezó a perder votos no kirchneristas
cuando se confirmó la sospecha generalizada de la continuación. Carlos Zannini
como vicepresidente fue la prueba más contundente. Diferenciarse tras ello
es tan complejo como vender tocadiscos en época del DVD y del MP4.
El kirchnerismo es el perro que siempre mordió la mano a su amo, hoy el
gobernador siente ese mordisco como traición, y al no poder denunciarlo busca
enfocar su dedo acusador hacia otro actor. Es inútil. El problema argentino
sigue siendo el mismo: más de diez años sin gestión concreta que cambiara la
calidad de vida, solo demagogia y “alegrías” en forma de cuotas para plasmas,
fines de semanas largos, recitales de rock “gratis” en Plaza de Mayo, planes,
subsidios y promesas incumplidas.
Quien pretende ser presidente de 40 millones de argentinos, ahora basa su
campaña en 50 mil tuiteros. Poco serio. Lo que el kirchnerismo ha construido
no puede ser derribado por kirchnerismo. Y al hablar de kirchnerismo más que
referirnos a un partido político, referimos a un modo de vivir en un falso
“Carpe diem” donde todo lo que cuenta es el “aquí y ahora”. Por eso vernos
acercar a mañana es un desafío impío.
Los discursos no son efectivos cuando la realidad golpea sin sutilezas. Y
las palabras no secan las casas y los sueños bajo el agua. Daniel Scioli se está
enfrentando a la verdad despojada del relato oficial. Contra eso no hay nada
más efectivo que hacerse cargo, explicar lo que se hizo y lo que no se hizo.
Negarlo es inútil y perverso, tanto como suponer que discutiendo tuiteros puede
ganarse adeptos.
Ya no se trata de conquistar votos porque la política dejó de seducirnos hace
tiempo.
Los argentinos están frente a la disyuntiva de cambiar de auto ya sea
porque nos cansó el color o por pragmatismo: no funciona más el motor. Es cierto
que nada garantiza que un modelo nuevo resulte bueno, pero la opción a no
arriesgar es quedarse varados con el agua al cuello.
Gabriela Pousa
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